El hombre del látigo
Hakeswill conoce a Sharpe desde sus tiempos de soldado raso, en la India. Fue él quien logró, con mentiras, que azotaran a Sharpe, y las cicatrices en su espalda son obra suya. Desde entonces, Hakeswill repite que no puede morir y vive esperando la oportunidad de destruir al hombre que ascendió mientras él seguía de sargento. Cuando Sharpe llega a oficial, el rencor solo crece: para Hakeswill, un soldado salido del arroyo no tiene derecho a dar órdenes.